Jane Eyre
Jane Eyre La señora Reed era una mujer más bien corpulenta, pero al oÃr esta extraña y atrevida declaración, corrió escaleras arriba y me arrastró del brazo hasta el cuarto de los niños con la velocidad de un rayo. Una vez dentro me ordenó que no volviera a salir de allà ni hiciera el menor ruido en lo que quedaba de dÃa.
—¿Qué dirÃa el señor Reed si aún viviera? —pregunté, casi sin ser consciente del significado de mis palabras.
ParecÃa que algo se habÃa apoderado de mi lengua y la obligaba a hablar sin que mi voluntad interviniera en ello.
—¿Qué has dicho? —dijo la señora Reed con la voz ronca por la ira.
Una sombra de temor ensombreció sus ojos grises, ya frÃos habitualmente, y me soltó el brazo, incapaz de decidir si lo que tenÃa ante sà era una niña o un demonio. Yo no pude detenerme.
—Mi tÃo, el señor Reed, está en el cielo y desde allà ve todo lo que usted hace o piensa, y también lo ven papá y mamá. Ellos saben que usted me tiene encerrada todo el dÃa y han descubierto su deseo de verme muerta.