Jane Eyre
Jane Eyre Eliza y Georgiana, siguiendo sin duda las órdenes de su madre, me hablaban lo menos posible; John chasqueaba la lengua en son de burla siempre que me veía y en una ocasión intentó pegarme, pero como me defendí igual que la última vez, poseída por el mismo sentimiento de rabia y desesperación, se lo pensó dos veces y corrió a los brazos de su madre insultándome y gritando que le había golpeado en la nariz. Es cierto que había levantado el puño contra ese apéndice prominente y, al ver que el gesto o el brillo amenazador de mis ojos le acobardaban, tuve unas enormes ganas de asestarle el golpe prometido, pero cuando me decidí él ya estaba a salvo tras las faldas de mamá. Cuando empezó a gimotear diciendo que «esa horrible Jane Eyre le había atacado igual que lo haría un gato salvaje», su madre le cortó bruscamente.
—No menciones su nombre, John. Te dije que ni la miraras: esa niña no merece que nadie la tenga en cuenta. No quiero que ni tú ni tus hermanas os acerquéis a ella.
En ese momento, no pude evitar la tentación de responder a sus palabras en voz alta y grité desde la barandilla:
—¡Son ellos los que no merecen mi compañía!