Jane Eyre

Jane Eyre

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En ese momento entró la enfermera, seguida de Bessie. Permanecí allí media hora más esperando descubrir en ella alguna señal de arrepentimiento, pero fue en vano. Volvió a sumergirse enseguida en el letargo y su mente ya no se recuperó: murió a las doce de esa misma noche. Yo no estaba presente para cerrarle los ojos, ni tampoco sus hijas. A la mañana siguiente nos dijeron que todo había acabado. A esa hora ya estaba amortajada. Eliza y yo entramos a verla; Georgiana, sacudida por ruidosos sollozos, dijo que no se atrevía a acompañarnos. Ahí estaba, rígido e inmóvil, el cuerpo antes robusto y activo de Sarah Reed: tanto los ojos de piedra bajo los párpados fríos como las facciones de su rígido semblante aún conservaban vestigios de su alma implacable. Para mí su cadáver era un objeto solemne y extraño. Lo miré con aprensión y dolor: no inspiraba pena, ni dulzura, ni compasión. Solo sentí angustia por el sufrimiento que ella había soportado, no por la pérdida que su fallecimiento significaba para mí, y una tremenda y fría consternación ante una muerte como aquella.

Eliza observó a su madre con calma. Después de unos minutos de silencio, comentó:

—Con su constitución podría haber vivido mucho más: los disgustos acortaron su vida.


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