Jane Eyre

Jane Eyre

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Acerqué la mejilla a sus labios, pero ella ni los rozó. Se quejó de que la agobiaba, de que le impedía respirar, y volvió a pedir agua. Mientras la ayudaba a tumbarse de nuevo —porque la había incorporado y le había dado de beber en mis brazos— cubrí su mano helada con la mía: sus débiles dedos rehuyeron el contacto y la mirada vidriosa se apartó de mis ojos.

—Ámeme u ódieme, como desee —dije por fin—. Tiene usted mi absoluto y libre perdón. Pida ahora el de Dios y descanse en paz.

¡Pobre mujer! Era ya demasiado tarde para cambiar de opinión. Si en vida me había odiado siempre, ahora, a las puertas de la muerte, debía seguir odiándome.









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