Jane Eyre

Jane Eyre

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Volvía a Thornfield, pero ¿por cuánto tiempo? No mucho, estaba segura de ello. En mi ausencia había recibido noticias de parte de la señora Fairfax: el grupo se había dispersado. El señor Rochester se había marchado a Londres tres semanas atrás, pero se esperaba su retorno en quince días. La señora Fairfax suponía que el viaje se debía a los preparativos del matrimonio, ya que antes de su partida había mencionado que se disponía a comprar un carruaje nuevo. Aunque la señora Fairfax no acababa de creerse al principio la noticia de la boda con la señorita Ingram, los comentarios de todo el mundo y sus propias observaciones ya no le permitían poner en duda la inminencia del acontecimiento. «Sería usted una mujer muy incrédula si aún abrigara alguna duda —pensé—. No es mi caso.»

Y la siguiente cuestión surgía de inmediato: «¿Qué será de mí?». Pasé toda la noche soñando con la señorita Ingram: de madrugada la vi entrar en Thornfield con absoluta claridad, señalándome un camino que partía en dirección opuesta, mientras el señor Rochester, de brazos cruzados, observaba la escena con una irónica sonrisa en los labios.




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