Jane Eyre
Jane Eyre No había informado a la señora Fairfax del día exacto de mi regreso, ya que no quería que ningún coche me esperara en Millcote. Me dispuse a recorrer el camino sola, dando un paseo. Y así, en silencio, me deslicé por la puerta de la posada de George a las seis de una tarde de junio y tomé el viejo camino que conducía hasta Thornfield, un sendero que cruzaba los campos poco frecuentado ya esos días.
Aunque no puede decirse que hiciera una tarde espléndida, el tiempo era plácido y agradable: me complacía la imagen de los campesinos acumulando pilas de heno; el color del cielo, no exento de nubes, auguraba una futura bonanza. Su azul, en los retazos que resultaban visibles, era dulce y nítido, y los cúmulos que lo empañaban eran ligeros, débiles. También el oeste irradiaba calor, alejando la amenaza de la lluvia. Era como si un fuego, un altar encendido tras la vaporosa pantalla blanca, aprovechara las grietas de la niebla para lanzar sus rayos de un rojo dorado.