Jane Eyre

Jane Eyre

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La alegría me invadía a medida que avanzaba en el camino. Me sentía tan contenta que me detuve para preguntarme a qué se debía tanta satisfacción, y para recordarme que el lugar al que me dirigía no era mi hogar, ni siquiera un alojamiento permanente o un lugar donde ningún amigo esperara con ansia mi llegada. «La señora Fairfax me recibirá con una sonrisa —me dije— y la pequeña Adèle aplaudirá y saltará sobre ti, pero tú sabes que no es en ellas en quienes piensas, y también que ese en quien piensas no piensa para nada en ti.»

¿Hay algo más tenaz que la juventud? ¿Más ciego que la inexperiencia? Ambas afirmaban que el mero placer de volver a ver al señor Rochester era ya todo un privilegio, sin importarles si él me prestaba atención. Y añadían: ¡Corre! ¡Corre! Sigue a su lado mientras puedas, ya que en unos días, unas semanas a lo sumo, te separarás de él para siempre. Entonces sofoqué el nacimiento de una nueva agonía, un doloroso sentimiento con el que no me veía capaz de convivir, y seguí adelante.





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