Jane Eyre
Jane Eyre También recogen el heno en los prados de Thornfield. Mejor dicho, a estas horas los jornaleros ya dejan los campos y vuelven a casa con los cestos sobre los hombros. Solo me quedan un par de prados por cruzar para llegar a la verja. ¡Cómo han florecido los rosales! Pero ahora no hay tiempo para rosas. Quiero llegar a casa. Paso junto a un gran zarzal que ha invadido el sendero con sus ramas en flor. Ya veo la escalera estrecha con peldaños de piedra y a… SÃ, es el señor Rochester, sentado, con un libro y un lápiz en la mano. Está escribiendo.
Bueno, no se trata de un fantasma, y sin embargo durante unos momentos todos los nervios se paralizan y soy incapaz de dominar la emoción. ¿Qué voy a hacer? No pensaba que me asaltarÃa este temblor al verle, que perderÃa la voz al tenerlo delante. Volveré cuando me haya calmado: no hay necesidad de comportarme como una tonta en su presencia. Existe otro camino que conduce a la casa. PodrÃa conocer veinte caminos en lugar de uno: ahora ya no hay remedio. Acaba de verme.
—¡Hola! —grita, soltando el libro y el lápiz—. ¡Ya ha llegado! Acérquese, por favor.