Jane Eyre
Jane Eyre Supongo que debo ir, aunque ignoro qué impresión voy a causarle: apenas soy consciente de lo que hago y mi única preocupación es controlar las emociones que pugnan por asomarse a mi rostro. Lucho, pues, contra mis rasgos, que parecen dispuestos a revelar lo que tanto deseo esconder. ¡Que se corra el velo! Debo hacer todo lo posible para comportarme con decoro.
—¿Es usted, Jane Eyre? ¿Viene a pie desde Millcote? SÃ, claro: uno de sus trucos. No pedir un carruaje y llegar montada en él como hace todo el mundo, sino volver a casa sola, aliándose con la luz del crepúsculo, para aparecer como un sueño o una sombra. ¿Qué diablos ha hecho durante todo un mes?
—He estado con mi tÃa, señor, hasta su muerte.
—¡La tÃpica respuesta de Jane! ¡Que los ángeles me protejan! Viene del más allá, del mundo de los muertos, y me lo anuncia al atardecer. Si me atreviera a tocarla, lo harÃa para comprobar si es usted de carne y hueso o un espÃritu. ¡Pero antes me atreverÃa a capturar a un duende azul del lago! ¡Ha estado holgazaneando! —añadió, tras una pequeña pausa—. ¡No ha venido a trabajar en todo un mes! Ni siquiera se ha acordado de mÃ, estoy seguro.