Jane Eyre

Jane Eyre

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Yo sabía que volver a ver al señor me causaría placer, pese al temor de que pronto iba a dejar de ser el amo y la plena conciencia de que yo no significaba nada para él; sin embargo, había siempre en el señor Rochester (o al menos eso pensaba yo) una capacidad tan apabullante de transmitir alegría que probar las migajas que ofrecía a los pajarillos perdidos como yo suponía ya la degustación de un manjar exquisito. Sus últimas palabras actuaron como un bálsamo para mi angustia: parecían indicar que el hecho de haberle recordado o no tenía alguna importancia para él. ¡Y había hablado de Thornfield como de mi casa! ¡Cómo desearía yo que lo fuera!

No se apartó de la escalera y yo apenas me atrevía a hablar. Le pregunté por su viaje a Londres.

—Fui y volví, sí. Supongo que lo ha leído en mi mente.

—La señora Fairfax lo comentó en una de sus cartas.

—¿Y también la informó del motivo de mi viaje?

—¡Oh, sí, señor! Todo el mundo está al corriente de ello.


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