Jane Eyre

Jane Eyre

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—Debe usted ver el coche, Jane, y decirme si no cree que será el más adecuado para la señora Rochester: su aspecto al sentarse en él con la espalda apoyada en los cojines de color púrpura será tan majestuoso como el de la reina Boadicea. Ojalá yo fuera algo más agraciado para no desentonar a su lado. Dime, ahora, hada del bosque, ¿no puedes darme un filtro, o algo parecido, que me convierta en un hombre bello?

—Eso estaría más allá del poder de la magia, señor. —Y, tras pensármelo mejor, añadí—: Lo único que necesita es que le miren con ojos de enamorada: para ellos usted es lo bastante bello; o, cuanto menos, la dureza de su rostro posee más atractivo que la mera belleza.

En otras ocasiones el señor Rochester me había sorprendido adivinándome el pensamiento con una agudeza que me resultaba incomprensible. Ese día, en cambio, pareció no advertir la brusquedad de mi respuesta y me brindó aquella sonrisa propia de él que solo esbozaba en raras ocasiones. Daba la impresión de que temía malgastarla en momentos vulgares, pero ahora me regalaba con esa luz que acariciaba el alma.

—Pase, Jane —dijo, apartándose para que pudiera cruzar la escalera—, suba a casa y descanse sus fatigados piececitos de vagabunda bajo el techo de un amigo.


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