Jane Eyre
Jane Eyre Lo único que podía hacer era obedecerle en silencio: no había ninguna necesidad de prolongar la charla. Subí la escalera sin decir una palabra, dispuesta a dejarle atrás tranquilamente. Un impulso me dominó y una fuerza desconocida me hizo dar la vuelta. Dije, o más bien alguien lo dijo por mí desde mi interior sin que pudiera evitarlo:
—Gracias, señor Rochester, por su amabilidad. Estoy extrañamente contenta de volver a su casa, porque cualquier lugar donde usted esté es mi casa, la única que tengo.
Caminé tan deprisa que no habría podido alcanzarme aunque lo hubiera intentado. La pequeña Adèle casi se muere de la alegría de verme. La señora Fairfax me recibió con su habitual amabilidad. Leah sonrió, e incluso Sophie me dirigió un amistoso bon soir. Me sentí bien: no hay mayor felicidad que ser amado por quienes te rodean y notar que tu presencia contribuye a su alegría.