Jane Eyre
Jane Eyre Esa tarde decidí cerrar los ojos al futuro; hice oídos sordos a la voz que me anunciaba el dolor que comportaría la próxima separación. Después del té, la señora Fairfax se puso a coser y yo me senté a su lado; Adèle, arrodillada sobre la alfombra, se acurrucó en mis brazos, y una corriente de mutuo afecto pareció envolvernos en un aura de dorada paz. Entonces, recé en silencio una oración para que la separación fuera lejana. Es más, cuando el señor Rochester entró en la sala sin que nadie le anunciara y contempló con deleite la estampa formada por un grupo tan bien avenido —cuando dijo que suponía que la anciana dama ya estaría contenta ahora que tenía en casa a su hija adoptiva y añadió que Adèle estaba prête a coquer sa petite maman Anglaise—,[22] me atreví a desear que nos mantuviera juntas en algún lugar, después de su boda, bajo su protección, sin desterrarnos lejos de la luz que emanaba de su presencia.