Jane Eyre

Jane Eyre

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Eran las nueve de la mañana del 15 de enero. Bessie había bajado a desayunar, mis primos aún no habían sido llamados por su madre. Eliza se estaba poniendo el sombrero y el grueso abrigo para ir a dar de comer a las gallinas, una de sus actividades preferidas junto con vender los huevos al ama de llaves y, sobre todo, contar después el dinero que obtenía. Su propensión natural para el comercio y su gran tendencia al ahorro quedaban patentes no solo en la venta de huevos ya mencionada, sino también en los tratos que hacía con el jardinero al que vendía los esquejes y semillas que ella misma cultivaba en su parterre. El jardinero tenía órdenes directas de la señora Reed de comprar todo aquello que la niña deseara vender y lo cierto es que Eliza se habría vendido su cabellera si esto le hubiera reportado algún beneficio. Solía esconder el dinero en los rincones más extraños, envuelto en tela o en trozos de papel, pero al saber que las criadas habían llegado a descubrir alguno de sus escondrijos, Eliza, temerosa de perderlo, consintió en confiárselo a su madre. Eso sí, como si de un usurero se tratara, le cobraba intereses de hasta un cincuenta o sesenta por ciento y anotaba con rigor todas sus cuentas en un pequeño cuaderno.




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