Jane Eyre
Jane Eyre Hubo algo que me sorprendió especialmente. No había idas y venidas, ni visitas a Ingram Park. Era cierto que estaba a más de treinta kilómetros, en los límites del condado vecino, pero ¿qué significaba esa distancia para un corazón enamorado? Para un jinete experto e incansable como el señor Rochester el trayecto no supondría más que una mañana a caballo. Comencé a albergar esperanzas sin ningún derecho a ello: imaginé que el compromiso se había roto, que el rumor había sido un error, que ambas partes, o solo una, habían cambiado de opinión. Solía mirar la cara del señor para distinguir en ella rastros de ira o de tristeza, pero no recuerdo ningún momento anterior en que su expresión fuera más apacible y más diáfana. Si, durante los ratos que mi pupila y yo pasábamos en su compañía, notaba que las fuerzas me flaqueaban y me rondaba el desánimo, se volvía hasta alegre. Nunca antes me había llamado tan a menudo, nunca había sido tan amable conmigo y nunca, ¡Dios lo sabe!, le había amado yo tanto.