Jane Eyre
Jane Eyre Y me besó repetidas veces. Cuando alcé la mirada y me solté de su abrazo, distinguí la figura de la viuda, pálida, seria y atónita. Yo me limité a sonreír y subí a mi habitación. «Dejaremos las explicaciones para otro momento», pensé. Sin embargo, al llegar a mi cuarto, me asaltó la idea de que la mujer pudiera malinterpretar lo que había visto, aunque fuera temporalmente. Pero pronto la alegría sofocó cualquier otro sentimiento y, pese al bramido furioso del viento, pese al estruendo cercano de los truenos, pese a los pertinaces relámpagos que rasgaban el cielo y pese a la lluvia torrencial que cayó durante más de dos horas, no sufrí temor ni inquietud. El señor Rochester acudió tres veces a mi puerta para asegurarse de que estaba bien, y eso me dio consuelo y fuerza para soportarlo todo.
Antes de que me levantara, Adèle vino corriendo a decirme que había caído un rayo sobre el gran castaño de Indias que había al fondo del huerto y lo había partido en dos.