Jane Eyre
Jane Eyre —Será mejor que entremos —dijo el señor Rochester—. El tiempo está cambiando. PodrÃa haberme quedado aquà contigo toda la noche.
«Y yo también», pensé. Quizá debiera haberlo dicho, pero el intenso resplandor de un relámpago agujereó una nube, y se oyó un fuerte estallido, un estrépito terrible que acabó en un redoble de truenos. Me asusté y hundà la cara en el pecho del señor Rochester. Comenzó a llover. Él me arrastró por el paseo que cruzaba los campos, pero para cuando conseguimos alcanzar el umbral de la casa, el agua nos habÃa empapado. Una vez en el vestÃbulo, él me despojó del chal mojado y me ayudó a secarme el cabello, cuando de repente la señora Fairfax salió del saloncito. Al principio no la vimos, ni yo ni el señor Rochester. La luz estaba encendida. El reloj dio las doce.
—No tardes en quitarte esa ropa mojada —me dijo—, pero antes de irte, déjame que te desee buenas noches, querida.