Jane Eyre
Jane Eyre —Nadie puede hacer nada, señor. No tengo parientes que puedan interferir.
—No, eso es lo mejor de todo —dijo.
Y, si le hubiera amado menos, habrÃa pensado que su acento y la mirada de alegrÃa salvaje que brillaba en sus ojos indicaban algo extraño; sin embargo, sentada junto a él, libre de la pesadilla que suponÃa la separación y convocada al paraÃso del matrimonio, solo podÃa pensar en esa copa rebosante de felicidad que tenÃa a mi alcance. No dejaba de preguntarme: «¿Eres feliz, Jane?». Y yo siempre le respondÃa: «Sû.
—Expiaré mis pecados —proseguÃa entonces—. Los expiaré. ¿Acaso no te encontré sola, frÃa y desamparada? ¿Acaso no te cuidaré y te haré feliz? ¿No es amor lo que siente mi corazón y decisión lo que guÃa mi mente? Expiaré mis pecados en el tribunal de Dios. Sé que el Creador castiga lo que voy a hacer. Del juicio del mundo me lavo las manos. DesafÃo la condena de los hombres.
¿Qué sucedÃa aquella noche? La luna seguÃa en el cielo, pero la oscuridad era absoluta. Apenas podÃa ver la cara del señor, pese a lo cerca que estaba. ¿Y qué agitaba al castaño? Susurraba y gemÃa sin pausa, mientras el viento rugÃa entre los laureles como si quisiera barrernos del lugar.