Jane Eyre

Jane Eyre

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Cuando bajé al vestíbulo, contemplé sin sorpresa que la tormenta de la noche anterior había dado paso a una resplandeciente mañana de junio, y sentí una brisa fresca y aromática que penetraba por la ventana. La naturaleza mostraba su satisfacción ante mi alegría. Por el paseo subía una mendiga acompañada de su hijo —dos figuras pálidas y harapientas— y bajé a darles todo el dinero que llevaba en el monedero, unos tres o cuatro chelines: los merecieran o no, necesitaba que todos los que me rodeaban compartieran mi felicidad. Los grajos graznaban y un coro de múltiples pájaros entonaba bellos cantos, pero ninguno podía compararse con la melodía que resonaba en mi corazón.

Me extrañó encontrar a la señora Fairfax mirando por la ventana con el semblante triste.

—Señorita Eyre, ¿viene usted a desayunar? —preguntó muy seria.

Permaneció en silencio mientras duró el desayuno, pero nada podía hacer yo para tranquilizarla en esos momentos. Tanto ella como yo debíamos esperar a que el señor diera las explicaciones pertinentes. Comí todo lo que pude y me apresuré a subir al piso superior. Entonces me crucé con Adèle, que salía de la sala de estudio.

—¿Dónde vas? Es hora de clase.

—El señor Rochester me ha dicho que fuera al cuarto de jugar.


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