Jane Eyre
Jane Eyre —¿Y dónde está él?
—Ahà dentro —dijo, señalando la sala que acababa de abandonar.
Entré y le vi allÃ.
—Ven a darme los buenos dÃas —me dijo.
Y yo me acerqué contenta: no me esperaba un frÃo saludo ni un apretón de manos, sino un abrazo seguido de un beso. Esa caricia me pareció natural. Era maravilloso ser amada y protegida por alguien como él.
—Jane, tienes un aspecto magnÃfico esta mañana. Estás maravillosa y sonriente; realmente preciosa. ¿Es este el pálido duendecillo que solÃa vivir aquÃ? ¿Es esta mi Semilla de Mostaza particular? ¿Esta muchacha lozana, de mejillas sonrosadas y labios brillantes, de sedosos cabellos y ojos de gacela? (Lector, pido tu indulgencia: debo aclararte que siempre tuve los ojos de color verde, pero al parecer la pasión le nublaba la vista.)
—Soy Jane Eyre, señor.
—Pronto pasarás a ser Jane Rochester —añadió—. Dentro de cuatro semanas, Janet, ni un dÃa más. ¿Me oyes?
SÃ, lo oÃa. Y, de una forma incomprensible, sentà una oleada de vértigo. Esa noticia, el anuncio de la boda, era más fuerte que la alegrÃa: era un impacto que me abrumaba y, sÃ, me llenaba de una sensación parecida al miedo.