Jane Eyre

Jane Eyre

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—Primero te has ruborizado, y ahora estás pálida. ¿A qué viene eso, Jane?

—A que usted acaba de darme un nuevo nombre, Jane Rochester, y me suena extraño…

—Sí, señora Rochester —repitió—. La joven señora Rochester, la esposa de Fairfax Rochester.

—No puede ser cierto, señor: todo esto no puede ser real. Los seres humanos nunca disfrutan de la felicidad absoluta en este mundo. No nací yo distinta del resto de mis semejantes: la simple intuición de tanta felicidad me parece un cuento de hadas, un sueño divino del que temo despertar.

—Un sueño que hoy mismo empieza a ser real. Esta mañana he pedido por carta a mi banquero de Londres que me envíe algunas joyas que tiene en custodia, joyas que han pertenecido a las anteriores dueñas de Thornfield. En un par de días a lo sumo, espero poder depositarlas en tu regazo: deseo que goces de todos los privilegios y atenciones, como si fuera la hija de un noble la que está a punto de casarse conmigo.

—¡Oh, señor! Nunca me importaron las joyas. Ni siquiera quiero oír hablar de ellas. ¿Joyas para Jane Eyre? Hasta la frase tiene algo ilógico y extraño. Prefiero no tenerlas.


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