Jane Eyre
Jane Eyre No tardé en vestirme. Cuando oí que el señor Rochester salía del saloncito, corrí a su interior. La buena señora había estado degustando su ración diaria de Sagradas Escrituras, ya que había una Biblia abierta en la mesa con sus gafas encima. Pero después de la noticia dada por el señor Rochester, esa tarea parecía haber quedado olvidada: tenía los ojos clavados en la pared de enfrente y estos expresaban la sorpresa de una mente tranquila que acaba de verse sacudida por una ola inesperada. Al verme, se puso de pie e hizo un esfuerzo por sonreír, pero la sonrisa expiró y la frase murió sin haber nacido. Cogió las gafas, cerró la Biblia y apartó la silla de la mesa.
—Me siento muy confusa —empezó a decir—. No sé qué decirle, señorita Eyre. ¿No habré soñado todo esto? A veces, cuando estoy sola, echo una cabezada e imagino cosas que no han sucedido. Más de una vez me ha parecido ver a mi esposo, que ya lleva más de quince años muerto, entrar y sentarse a mi lado, e incluso he creído oírle pronunciar mi nombre, Alice, en el mismo tono que solía usar. ¿Puede confirmarme si es verdad que el señor Rochester le ha pedido que se case con él? No se ría de mí. Pero estoy convencida de que entró en persona, no hace más de cinco minutos, y me dijo que serían marido y mujer en el plazo de un mes.
—A mí me ha dicho lo mismo —contesté.