Jane Eyre
Jane Eyre —Claro que puedes, querida niña: nadie en el mundo siente por mà un amor tan puro como el tuyo. Porque creo en tu amor, Jane, mi alma no alberga ninguna duda al respecto.
Rocé con los labios la mano que tenÃa apoyada en mi hombro. Le querÃa mucho, más de lo que me habrÃa atrevido a decir, más de lo que habrÃa podido expresar con palabras.
—PÃdeme algo más —me urgió—. Quiero complacerte, rendirme a tus deseos.
De nuevo tenÃa la petición lista:
—Comunique sus intenciones a la señora Fairfax, señor. Nos vio anoche en el vestÃbulo y la escena la dejó perpleja. Por favor, explÃquele la verdad antes de que vuelva a encontrarme con ella. Me duele que otra mujer me juzgue mal.
—Ve a tu habitación y ponte el sombrero —replicó—. Ya te dije que querÃa que me acompañaras a Millcote esta mañana. Mientras te preparas para el trayecto, iluminaré con la verdad la estrecha mente de la señora Fairfax. ¿Acaso creyó que habÃas olvidado tus principios por amor, sin ningún remordimiento?
—Creo que pensó que me habÃa olvidado de cuál era mi lugar, señor, y usted del suyo.
—¡Tu lugar, tu lugar! Tu lugar está en mi corazón. No hagas ningún caso a quienes te insulten a partir de ahora. ¡Ve, date prisa!