Jane Eyre

Jane Eyre

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—¡Excelente! Le veo ahora como a un ser tan bajo que apenas llega a ocupar el espacio de mi dedo meñique. Actuar así es una muestra de egoísmo y desvergüenza. ¿Nunca se preocupó por lo que la señorita Ingram pudiera sentir?

—Todos sus sentimientos se reducían a uno solo: el orgullo. Y una dosis de humildad siempre sienta bien. ¿Te puse celosa, Jane?

—Eso no le incumbe, señor. Saberlo no tiene el menor interés para usted. ¿No pensó en que la señorita Ingram podía sufrir por culpa de ese flirteo deshonesto? ¿Que se sentiría traicionada y abandonada?

—¡Eso es imposible! Fue ella quien me abandonó: la reducción de mi herencia tuvo la virtud de enfriar, por no decir de extinguir, la llama de su pasión en un instante.

—Tiene usted una mente muy calculadora, señor Rochester. Me temo que sus principios rozan la excentricidad en algunos temas.

—Nadie me inculcó nunca principios, Jane; por tanto, es posible que hayan crecido algo desviados por la falta de atención.

—Hablo en serio, señor: ¿puedo disfrutar de toda esta felicidad que ha caído sobre mí sin creerla empañada por el sufrimiento que yo misma soportaba hace apenas un día?


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