Jane Eyre
Jane Eyre —Si este será el aspecto que tú tendrás cuando nos casemos, yo, como cristiano, debo rechazar la posibilidad de unir mi vida a la de un espÃritu o a una culebra. ¡Pero suelta de una vez lo que quieres saber!
—Vaya, ya ha olvidado sus modales. Aunque debo confesar que prefiero esta rudeza a la adulación anterior. Prefiero ser tratada de bicho que de ángel. Ahà va mi pregunta: ¿por qué se tomó tantas molestias en hacerme creer que deseaba casarse con la señorita Ingram?
—¿Eso es todo? ¡PodrÃa haber sido peor! —Y entonces se suavizó la lÃnea que dibujaban sus cejas; me miró, sonriente, y me revolvió el pelo como si acabara de escapar de algún peligro—. Creo que debo confesarme, Jane, aunque esto te indigne… Y debo reconocer que siento un cierto temor al hacerlo, ya que he visto de lo que ese cuerpecillo es capaz cuando le mueve la ira. Pero anoche resplandecÃas a la luz de la luna, te rebelaste contra el destino y te proclamaste mi igual. Por cierto, Jane, te recuerdo que fuiste tú quien me propuso esta unión.
—Por supuesto, señor. Pero no cambie de tema. ¡Hábleme de la señorita Ingram!
—Está bien: fingà cortejar a la señorita Ingram porque deseaba que te enamoraras de mà tan apasionadamente como lo estaba yo de ti, e intuà que los celos serÃan un buen acicate en este empeño.