Jane Eyre
Jane Eyre —¡Vaya por Dios! ¿Y para qué quiero yo la mitad de su herencia, rey Asnero? ¿Acaso cree que soy un usurero judÃo que desea hacer una buena inversión? PreferirÃa disponer de toda su confianza. Ahora que me ha admitido dentro de su corazón, espero que no me la niegue…
—Tienes toda la confianza que desees tomarte, Jane. ¡Pero, por el amor de Dios, no pidas una carga tan inútil! No ansÃes el veneno. ¡No te vuelvas una miserable Eva al caer en mis manos!
—¿Por qué no, señor? Ha estado diciéndome cuánto le gusta sentirse conquistado y cómo le complace verme insistir para convencerle de algo. ¿No cree que serÃa mejor que me aprovechara de esto que acaba de confesarme y comenzara a pedir algo, gritando y pataleando si es preciso, solo para ver hasta dónde llega este poder que ejerzo sobre usted?
—Te desafÃo a que lo intentes. Trata de aprovecharte de mà y verás en qué acaba el juego.
—¿Ha visto, señor? ¡Qué pronto ha vuelto a las andadas! ¡Qué aspecto tan serio tiene ahora! Ese ceño fruncido y esa frente me recuerdan al verso de un poema que leà hace tiempo: «un cielo rebosante de truenos». ¿Será este su aspecto cuando nos casemos?