Jane Eyre
Jane Eyre —¡Habla! Pero si sigues mirándome con esa sonrisa, te juro que te concederé todo lo que solicites antes incluso de saber de qué se trata. Acabaré pareciendo un bobo.
—De ninguna manera, señor. Solo le pido una cosa: no haga traer las joyas ni cubra mi cabeza con rosas. SerÃa como bordar con hilo de oro ese sencillo pañuelo que lleva en el bolsillo.
—Tienes razón: serÃa como sobrecargar el oro puro con piedras preciosas. Puedes confiar en que cumpliré lo que pides. Pero no me has pedido nada; te has limitado a rechazar un regalo. Te concedo otro deseo.
—Bien, señor. Haga usted el favor de satisfacer mi curiosidad en relación a un punto.
Mis palabras parecieron turbarle.
—¿Sobre qué? —dijo con avidez—. ¿Sobre qué? La curiosidad es un amo peligroso; he hecho bien en no jurar dar respuesta a todas tus preguntas…
—Pero no hay nada malo en contestar a esta, señor.
—Adelante, Jane, pero preferirÃa que, en lugar de pedirme la resolución de algún enigma, me exigieras la mitad de mi herencia.