Jane Eyre

Jane Eyre

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—Nunca encontré a nadie como tú, Jane: me complaces y a la vez me dominas; pareces someterte y me gusta la sensación de docilidad que emana de ti, pero cuando acaricio un mechón sedoso de tus cabellos, siento un escalofrío que me sube por el brazo directamente hasta el corazón. Me has conquistado, me has dominado, y ejerces sobre mí un poder más dulce del que soy capaz de expresar. Me dejo llevar por tu hechizo, la muestra de una brujería a la que no sé resistirme. ¿Por qué sonríes, Jane? ¿Qué significa esa mueca inexplicable que se extiende por tu rostro?

—Sus palabras me hicieron pensar, y espero que sepa disculparme, señor, porque ha sido sin querer, en Hércules y Sansón, y en las mujeres que los vencieron.

—¿Era eso, pequeña bruja?

—¡Silencio, señor! No está obrando de forma sensata, como tampoco lo hicieron esos héroes. Si ellos se hubieran casado, estoy segura de que la severidad que suele poseer a los maridos no habría tardado en vencer la dulzura de su amor de solteros. Y lo mismo le sucederá a usted, señor. Me pregunto cuál será su respuesta dentro de un año cuando le pida un favor que no sea de su agrado o de su conveniencia.

—Pídeme lo que quieras, Jane. Prometo concederte lo que desees.

—Pues bien, señor, mi petición está lista.


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