Jane Eyre
Jane Eyre De pie en el vacío recibidor, temblaba ante la perspectiva de entrar en el salón de desayunos. Los castigos injustos habían logrado convertirme en el ser más cobarde de la tierra. Temía retroceder hasta el cuarto de los niños y temía seguir adelante. Tras diez minutos de angustiosas dudas, el exigente sonido de la campana me decidió a entrar.
«¿Qué querrán de mí?», me preguntaba para mis adentros, mientras giraba el pomo de la cerradura que, durante un par de segundos, se resistió a mis esfuerzos. «¿Quién habría con la señora Reed: un hombre o una mujer?» El pomo cedió por fin y se abrió la puerta. Crucé el umbral, cabizbaja, y al levantar la vista me topé con… ¡una columna negra! O al menos eso fue lo que me pareció en un primer momento la figura delgada y erguida, vestida de negro, cuyo rostro amarillento era como una máscara esculpida, que había sido colocada en las alturas a modo de capitel.
La señora Reed estaba sentada junto al fuego, en su sillón, y me indicó con un gesto que me acercara a ella. Obedecí y ella me presentó al desconocido con estas palabras:
—Esta es la niña de la que le he hablado.