Jane Eyre
Jane Eyre —¡Qué niña más vaga y fastidiosa! ¿Y ahora qué está haciendo? Está arrebolada, con aspecto de andar metida en alguna travesura. ¿Para qué abría la ventana?
Me ahorré la respuesta porque Bessie no parecía tener tiempo para explicaciones. Me llevó al aseo, me restregó rápidamente las manos y la cara con agua y jabón y me secó con una áspera toalla; luego intentó domar mis revueltos cabellos con la ayuda de un cepillo de cerdas, arrancó el delantal que yo llevaba puesto y me ordenó que bajara a toda prisa al saloncito de los desayunos.
Deseé preguntar por qué; deseé preguntar si la señora Reed me esperaba allí, pero Bessie desapareció al instante cerrando tras de sí la puerta del cuarto de los niños, así que descendí despacio las escaleras. Habían pasado casi tres meses desde que la señora Reed me llamara por última vez: llevaba tanto tiempo encerrada en el cuarto de juegos que los salones se habían convertido para mí en regiones inhóspitas que temía recorrer.