Jane Eyre

Jane Eyre

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Desde esa ventana podía verse la vivienda del portero y el camino que usaban los carruajes para acercarse a la casa, y, como había logrado hacer un hueco bastante grande, pude divisar que la verja se abría para que un coche avanzara por el sendero. No despertó en mí el menor interés: las visitas a Gateshead eran frecuentes, pero jamás tenían nada que ver conmigo. El coche se detuvo frente a la casa, resonó con fuerza el timbre y alguien abrió la puerta. Yo me distraje enseguida observando a un pequeño gorrión hambriento que había volado hasta las desnudas ramas de un cerezo que crecía junto a la ventana en busca de comida. Sobre la mesa estaban los restos de mi desayuno; hice migas un pedazo de pan, y estaba abriendo la ventana para depositar en el alféizar el alimento del ave cuando Bessie entró corriendo en el cuarto de los niños.

—Señorita Jane, quítese el delantal. ¿Qué está haciendo ahí? ¿Se ha lavado las manos y la cara esta mañana?

Antes de contestar abrí la ventana de un último tirón, ya que quería asegurarme de que el pájaro no se quedara sin comer; cedió el pestillo y esparcí las migas. Algunas cayeron sobre el alféizar y otras sobre el cerezo. Después cerré la ventana de nuevo y repliqué:

—No, Bessie. Acabo de terminar de quitar el polvo.


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