Jane Eyre
Jane Eyre —¿Me perdonarás por esa idea egoÃsta? Dame un beso en señal de reconciliación.
—No, prefiero que me disculpe.
Me respondió llamándome «bestia sin corazón» y añadió que «cualquier otra mujer se habrÃa deshecho al oÃr tales alabanzas cantadas en su honor».
Le aseguré que yo era de natural duro como una piedra, y que se lo demostrarÃa a menudo. Es más, estaba dispuesta a dejarle ver algunos aspectos de mi carácter en esas cuatro semanas previas a la celebración de la boda: asà conocerÃa los defectos de la mercancÃa antes de que fuera demasiado tarde.
—¿Te importarÃa calmarte y hablar como un ser racional?
Bien, me calmarÃa si era su deseo. En cuanto a la sensatez de mi discurso, me halagaba poder decir que, en mi opinión, este denotaba un excelente sentido común.
Resopló y masculló algo entre dientes dando evidentes muestras de impaciencia. «Muy bien —pensé—, puede echar todo el humo que quiera, pero estoy segura de que este es el mejor modo de tratarle. Me gusta mucho más de lo que puedo admitir, pero no me dejaré llevar por estas oleadas de sentimentalismo. Con el aguijón de la ironÃa, evitaré que usted caiga en el abismo. Además, el pinchazo le mantendrá a distancia, lo cual redundará en beneficio mutuo.»