Jane Eyre
Jane Eyre En presencia de otras personas yo me comportaba de forma tranquila y respetuosa. Cualquier otra conducta habría estado fuera de lugar. Era solo durante las conversaciones vespertinas cuando me empeñaba en irritarle. Cada día me mandaba a llamar a las siete en punto; sin embargo, ahora ya no me recibía con palabras como «amor» y «cariño»: los mejores calificativos que me dedicaba eran «animalillo respondón», «duende malicioso», «espíritu burlón» o «atrevida». En lugar de caricias, me ofrecía muecas; en lugar de tomarme la mano, me pellizcaba el brazo; en lugar de un beso en la mejilla, me propinaba un tirón de orejas. Perfectamente: por el momento prefería este tipo de conducta malhumorada a otra más tierna. Constaté que la señora Fairfax lo aprobaba: comprobar como se esfumaba su ansiedad por mí, me confirmó que estaba obrando como es debido. Mientras tanto, el señor Rochester afirmaba que le estaba dejando en los huesos y amenazaba vengarse de mi conducta en un futuro próximo. Yo me reía de sus advertencias. «Si ahora puedo tenerle a raya —le señalaba—, no dudo que podré hacerlo después: si este método no funciona, ya buscaré otro.»