Jane Eyre
Jane Eyre —No, señor. Además de la exquisitez y riqueza de la tela, no hallé en él más que una muestra del orgullo típico de un Fairfax Rochester, y eso no me asusta: a ese demonio ya sé cómo manejarle. Pero, señor, a medida que oscurecía, arreció el viento: no soplaba como ahora, fiero y elevado, sino con un silbido lúgubre y lastimero. Añoré su presencia en la casa. Entré en esta sala: la visión de la butaca vacía y la chimenea apagada me dejaron helada. Me acosté, pero no logré conciliar el sueño, agitada por una aprensión incómoda. La ventisca, cada vez más fuerte, parecía susurrarme al oído la letanía de un cortejo fúnebre. Si venía del interior de la casa o del exterior no sabría decirlo, pero proseguía, ganando en tristeza y desesperación a cada momento. Al final decidí que debía tratarse de un perro que aullaba a lo lejos y me alegré de que cesara. Sin embargo, el temor de la noche me persiguió en sueños. Y también el deseo de tenerle cerca. Tuve la extraña sensación de que una barrera nos separaba. Soñé que recorría un sendero serpenteante y desconocido, mientras la oscuridad me envolvía y la lluvia me calaba la ropa. Avanzaba con un bebé en los brazos, una criatura muy pequeña, demasiado débil para andar y que buscaba cobijo en mis fríos brazos sin parar de llorarme al oído. Señor, pensaba que usted iba por ese mismo camino y apresuré el paso para alcanzarle, haciendo esfuerzos incesantes por gritar su nombre y pedirle que se detuviera, pero mis pies no se despegaban del suelo y las palabras morían en la garganta, mientras usted se iba alejando y alejando, cada vez más.