Jane Eyre
Jane Eyre —¿Y son estos los sueños que pesan sobre tu espÃritu, Jane, ahora que ya estoy cerca de ti? ¡Animalillo nervioso! Olvida tus visiones nocturnas y limÃtate a pensar en la felicidad real. Has dicho que me amas, Janet. SÃ, no lo olvidaré y ya es tarde para que lo niegues. Esas palabras no han muerto en tu garganta. Las he oÃdo de forma clara y concisa, dichas en un tono demasiado solemne tal vez pero tan dulce como la más bella melodÃa: «Le amo y creo que es maravilloso tener la oportunidad de vivir con usted, Edward». ¿Me amas, Jane? RepÃtelo.
—Le amo, señor, con toda mi alma.
—Bien —dijo tras unos minutos de silencio—, resulta extraño, pero esa frase se ha clavado en mi pecho como un cuchillo. ¿Por qué? Tal vez por la devoción religiosa que evocaban tus palabras, o porque leo en tus ojos la expresión sublime de virtudes como la fe y la sinceridad… Es como si tuviera al lado a un espÃritu. Prefiero que me mires con cara de malvada, como sueles hacer: dibuja en tus labios una de esas retorcidas sonrisas tuyas, Jane, a medio camino entre la timidez y la provocación; dime que me odias, rÃete de mÃ, búrlate, haz lo que sea, pero provócame. Prefiero mil veces sentir ira que melancolÃa.
—Me burlaré de usted a placer cuando haya acabado con mi relato, pero, por favor, escúchelo hasta el final.