Jane Eyre
Jane Eyre Mis nervios vibraron ante estas palabras dichas en voz baja como nunca habÃan vibrado frente a un trueno, y mi sangre sintió su violencia sutil como nunca habÃa sentido el frÃo o el fuego. Pero mantuve la calma, no iba a desmayarme. Miré al señor Rochester e hice que él me devolviera la mirada. Todo su rostro era una pieza de piedra incolora, sus ojos eran a la vez pétreos y brillantes. No negaba nada, parecÃa dispuesto a desafiar al mundo. Sin una palabra, sin una sonrisa, sin aparentar reconocer en mà a un ser vivo, se limitó a cogerme por la cintura y atraerme a su lado.
—¿Quién es usted? —preguntó al intruso.
—Me llamo Briggs y soy un abogado de… Street, en Londres.
—¿Y afirma que tengo una esposa?
—Le recuerdo la existencia de una esposa, a la que la ley reconoce por mucho que le pese, señor.
—Hágame el favor de dar más detalles: su nombre, la familia de la que procede, su lugar de origen…