Jane Eyre
Jane Eyre Al oír este nombre, el señor Rochester apretó los dientes y sufrió una especie de convulsión nerviosa. Como yo estaba tan cerca de él, sentí el espasmo de ira que sacudió su cuerpo. El segundo desconocido que yo había visto al entrar se aproximó a nosotros: una cara pálida se asomó por encima del hombro del abogado. Sí, era el señor Mason. El señor Rochester se volvió y le miró fijamente. He comentado a menudo que sus ojos eran negros: pues ahora había en ellos un destello rojizo, una luz sanguinolenta que brillaba desde el abismo. Y su rostro —de piel olivácea y frente despejada— pareció quedar invadido por una rabia que ascendía desde el corazón. Se movió y estiró el brazo con fuerza, un brazo implacable que podría haber derribado a Mason al suelo sin dificultad matándole de un solo golpe, pero Mason se apartó, musitando un débil «¡Dios mío!». El desprecio se apoderó del señor Rochester y calmó su pasión; la violencia se esfumó como si un tornado la hubiera arrasado. Se limitó a preguntar:
—¿Qué tienes que decir?
Una respuesta inaudible se escapó de los labios de Mason.
—Que el demonio te lleve si no eres capaz de dar una respuesta a mi pregunta. Repito: ¿qué tienes que decir?