Jane Eyre
Jane Eyre Y, sin esperar a despedirse del señor Rochester, ambos salieron por la puerta del vestíbulo. El pastor se quedó unos momentos, para dirigir unas palabras al señor, ya fueran de consuelo o de amonestación, y, una vez cumplido su deber, también se fue.
Le oí partir desde la puerta de mi habitación que había dejado entreabierta al retirarme. La casa se vació y yo me encerré, di la vuelta a la llave para evitar la entrada a ningún intruso y… no lloré, ni gemí. Estaba demasiado tranquila para ello: me quité el vestido de boda mecánicamente y lo reemplacé por el sencillo traje que el día anterior creí llevar por última vez. Luego me senté: me sentía débil, fatigada. Apoyé los brazos en la mesa y dejé caer la cabeza sobre ellos. Y pensé, porque hasta el momento solo había podido oír, ver, moverme, seguir el camino que los otros me marcaban, ir donde me arrastraban; había asistido a un hecho tras otro, a una revelación tras otra. Ahora, por fin, tenía tiempo para pensar.