Jane Eyre
Jane Eyre La Jane Eyre ilusionada, ardiente, casi una novia, había dejado paso de nuevo a una chica fría y solitaria, que se enfrentaba a una vida desvaída y a un futuro desolador. Una helada navideña había invadido el verano. Una tormenta de nieve había secuestrado el mes de junio: el hielo había petrificado los frutos del manzano, el viento había deshojado las rosas que despuntaban y una blanca mortaja había caído sobre los campos de heno y de maíz. Los prados que la noche anterior lucían rebosantes de flores eran hoy un páramo nevado, y los bosques que doce horas atrás eran frondosos y fragantes como una selva tropical se habían convertido en una extensión de arbustos salvajes, blancos como un pinar de la Noruega invernal. Todas mis esperanzas habían muerto, devastadas por una misteriosa maldición, como aquella que acabó en una noche con los primogénitos de Egipto. Contemplé mis anhelos de felicidad, ayer tan luminosos y ardientes: yacían yertos, lívidos como cadáveres que ya nunca revivirían. Recordé el amor que había sentido: ese sentimiento que pertenecía al señor, porque él lo había creado, me temblaba en el corazón, como un niño enfermo que se agita en una cuna fría a merced de la angustia y el dolor. No podía acudir a los brazos del señor Rochester, ni encontrar calor en su pecho. No, ya no podría volverme hacia él nunca más, porque la fe había quedado rota, la confianza había sido destruida. El señor Rochester ya no significaba para mí lo mismo que antes porque no era como yo pensaba. No le acusaba de nada; nunca me consideraría una víctima de su traición, pero la idea de sinceridad sin mácula que yo le atribuía se había desvanecido. Y percibía con toda claridad que de su presencia debía huir. Aún no sabía cuándo, cómo, ni dónde… pero sería él mismo, estaba segura, quien me echaría de Thornfield. Al parecer, no sentía ningún afecto real por mí: solo un arrebato de pasión pasajera que las circunstancias se habían encargado de frustrar. Ya no le hacía ninguna falta. Incluso temía cruzarme en su camino: mi presencia debía de resultarle odiosa. ¡Oh, qué ciega había estado! ¡Qué débil había sido mi conducta!