Jane Eyre
Jane Eyre Cerré los ojos, y la oscuridad más absoluta pareció arremolinarse en torno a mí; una corriente de pensamientos agitada y oscura fluía por mi mente. Abandonada, deshecha y exhausta, me sentía como si me hubiera tumbado a orillas de un gran río y escuchara el retumbar del agua que se acercaba sin tener fuerzas suficientes para huir. Yacía allí, deseando la muerte. En mi interior, solo latía con vida una idea: el recuerdo de Dios. Quería rezar, pero las palabras se perdían en las turbulencias de mi mente, como si me faltara energía para decirlas en voz alta.
«No te alejes de mí ahora que los problemas me acechan y no tengo a nadie a quien pedir ayuda.»
El torbellino ya estaba cerca. Y como no había pedido al cielo que lo apartara, como ni tan solo había unido las manos, ni me había arrodillado, ni había movido los labios, la fuerza del torrente me atrapó. La absoluta conciencia de una vida sin valor, de un amor perdido, de las esperanzas mutiladas y de una fe derribada a golpes, cayó sobre mí con la intensidad de un alud. No soy capaz de describir esa hora tan amarga: la única verdad es que «aquel mar siniestro invadió mi alma y me hundí en una ciénaga; rodeada de agua, sin encontrar un solo punto de apoyo, la corriente me arrastró hasta el fondo».