Jane Eyre
Jane Eyre —Entonces te equivocas, y eso me demuestra que no me conoces en absoluto ni sabes cuánto amor soy capaz de sentir. Amo cada átomo de tu carne como si fueran los mÃos propios: te querrÃa en el dolor y en la enfermedad. Tu mente es mi tesoro y seguirÃa siéndolo aunque se quebrara. Si desvariaras, serÃan mis brazos los que te protegerÃan y no una camisa de fuerza; tu ataque furioso serÃa para mà una caricia encantadora. Si te abalanzaras contra mà como hizo esa mujer esta mañana, te estrecharÃa contra mi pecho con firmeza y cariño. No pensarÃa en ti con disgusto como hago cuando me acuerdo de ella. Nadie sino yo te velarÃa en los momentos de tranquilidad y serÃa capaz de tratarte con una ternura indestructible, aunque no recibiera a cambio ni una sonrisa. Nunca temerÃa enfrentarme a tus ojos aunque en ellos no brillara ni un destello de reconocimiento hacia mÃ. Pero ¿por qué me dejo llevar por esta corriente de ideas? Estaba hablando de sacarte de Thornfield. Ya sabes que todo está listo para emprender un viaje inmediatamente: te irás mañana. Solo te pido que resistas una noche más bajo este techo, Jane. ¡Luego las miserias y el terror se habrán acabado para siempre! Tengo un lugar idóneo al que retirarme: un santuario seguro donde poder recobrarnos de estos odiosos recuerdos, de la intrusión de los desconocidos, de la mentira y de la calumnia.
—Lleve a Adèle con usted señor —le interrump×. Ella le hará compañÃa.