Jane Eyre
Jane Eyre —¿Qué quieres decir, Jane? Ya te he dicho que pensaba enviar a Adèle al colegio. Además, ¿para qué querría la compañía de una niña? Y ni siquiera de mi propia sangre, sino la hija bastarda de una bailarina francesa. ¿Por qué me incomodas mencionándola? Repito, ¿a qué viene asignarme a Adèle como compañera?
—Usted habló de retirarse, señor. Y el retiro y la soledad son aburridos, señor. Demasiado monótonos para usted.
—¡Soledad! ¡Soledad! —repitió irritado—. Intuyo que debo explicarme mejor, o no tendría delante esa expresión de esfinge. Eres tú quien va a compartir mi soledad. ¿Comprendes?
Asentí con la cabeza: hacía falta mucho valor para arriesgarme a contradecirle en el estado de excitación en que se encontraba. Había estado caminando a paso rápido por la estancia, y de repente se paró, como si le hubieran crecido raíces que le ataran a un lugar concreto. Escrutó mi rostro con dureza durante mucho tiempo; yo aparté la mirada, la fijé en el fuego e intenté aparentar un aspecto sereno y compuesto.