Jane Eyre
Jane Eyre Su voz era tensa; su mirada era la de un hombre que está a punto de estallar, de soltarse de un lazo insufrible y dejarse llevar por la furia más salvaje. Supe que si aguardaba un momento más y dejaba que su cólera creciera, no habrÃa forma de manejarle. El presente, este segundo que estaba a punto de pasar, era todo lo que tenÃa para controlarle y reprimirle: un solo gesto de repulsión, de duda o de miedo habrÃan sellado mi destino y el suyo. Pero yo no tenÃa miedo; me sostenÃa una fuerza interior, la conciencia de mi influencia sobre él. La crisis era peligrosa, pero tenÃa su aliciente: el mismo que deben sentir los indios cuando se deslizan en canoa por los rápidos. Acerqué la mano a su puño cerrado y, mientras aflojaba la presión de sus dedos, le dije suavemente:
—Siéntese. Hablaré con usted durante tanto tiempo como desee y escucharé todo lo que tenga que decirme, me parezca lógico o no.
Se sentó, pero no tuvo tiempo de iniciar una frase. Yo llevaba un buen rato luchando con las lágrimas: habÃa hecho un gran esfuerzo para reprimirlas porque sabÃa que esto le disgustarÃa. Sin embargo, creà llegado el momento de dar rienda suelta al llanto y, si le molestaba, tanto mejor. Asà que cedà a la presión y lloré con toda el alma.
Enseguida le oà suplicar que me calmase. Le dije que no podÃa si él no conseguÃa dominarse.