Jane Eyre
Jane Eyre —Así lo haré, señora. Querida niña, aquí tienes un libro titulado La guía de la infancia; léelo con atención, especialmente la parte que relata la súbita muerte de Martha G., una malvada niña adicta al engaño y a contar todo tipo de mentiras.
Con estas palabras el señor Brocklehurst puso en mis manos un delgado folleto cosido a una cubierta y, después de llamar a su cochero, abandonó la casa.
La señora Reed y yo nos quedamos solas. Pasaron unos minutos en el más absoluto silencio: ella cosía y yo la observaba. En esa época mi tía debía de rondar los treinta y seis o treinta y siete años. Era una mujer robusta, ancha de hombros y provista de gruesos brazos; no era alta, pero tampoco se la podía describir como obesa. Tenía los rasgos grandes, la mandíbula fuerte y sólida, la frente baja y la barbilla grande y prominente; en cambio, la nariz y la boca eran de proporciones agradables. Bajo sus perfiladas cejas brillaban unos ojos incapaces de traslucir la menor compasión; la piel, morena y opaca, contrastaba con su cabello casi rubio. Por otro lado, poseía una salud de hierro: jamás la aquejó enfermedad alguna. Lo controlaba todo con mano de hierro y eran sus hijos los únicos que, en contadas ocasiones, se atrevían a reírse de ella y a desafiar su autoridad. Solía vestir con elegancia y se movía con la seguridad de una dama consciente de su atractivo.