Jane Eyre

Jane Eyre

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—La resignación, señora, es la primera obligación de un cristiano, y en Lowood se fomenta desde el más nimio de los detalles: una comida frugal, un atuendo sencillo, un alojamiento sin lujos de ningún tipo y la obligación de enfrentarse a duras tareas. Ese es el pan de cada día de las moradoras de Lowood.

—Me parece perfecto, señor. ¿Puedo confiar entonces en que esta niña será admitida en Lowood y educada conforme a su posición social y sus perspectivas de futuro?

—Por supuesto, señora. Estará en ese jardín de flores escogidas y espero que sabrá mostrarle su gratitud por el inestimable privilegio que le concede.

—La enviaré tan pronto como sea posible, señor Brocklehurst. Le aseguro que no veo el momento de verme libre de tan pesada carga.

—No lo dudo, señora, no lo dudo. Ahora debo desearle buenos días. Tardaré un par de semanas en volver a Brocklehurst Hall, ya que debo visitar a mi buen amigo, el Archidiácono, y me temo que este me retendrá durante ese tiempo. Avisaré a la señorita Temple de la llegada de una niña nueva y así evitaremos cualquier posible contratiempo. Adiós.

—Adiós, señor Brocklehurst. Salude de mi parte a la señora y a la señorita Brocklehurst, así como a Augusta, a Theodora y al señorito Broughton.


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