Jane Eyre

Jane Eyre

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—Desearía que fuera criada de acuerdo con sus perspectivas de futuro: —prosiguió mi bienhechora—, que se convierta en un ser útil y humilde. En lo que respecta a las vacaciones, si usted lo permite, preferiría que las pasara siempre en Lowood.

—Sus decisiones son de lo más razonable, señora —respondió el señor Brocklehurst—. La humildad es una de las gracias cristianas, y una especialmente apropiada para las alumnas de Lowood. Yo mismo me ocupo de que cultiven dicha virtud. He estudiado las mejores maneras de mortificar el mundanal defecto del orgullo, y puedo decir que el otro día pude ver que mis esfuerzos daban resultados satisfactorios. Mi segunda hija, Augusta, fue de visita a la escuela con su madre y al volver a casa exclamó: «¡Oh, papá! ¡Qué aspecto tan sencillo y humilde tienen todas las niñas de Lowood! El pelo peinado detrás de las orejas, las batas largas y esos pequeños bolsillos que sobresalen de sus delantales… ¡Parecen niñas pobres! Miraban mi vestido y el de mamá como si nunca hubieran visto un traje de seda».

—Eso es exactamente lo que buscaba para Jane Eyre —replicó mi tía—. En toda Inglaterra no habría encontrado un sitio más a propósito para una niña como ella. Resignación, señor Brocklehurst, soy una firme defensora de la resignación en todos los aspectos de la vida.


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