Jane Eyre

Jane Eyre

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Hacía bien en temer a mi tía, hacía bien en no fiarme de ella. Su instinto la llevaba a zaherirme con crueldad. Nunca me sentí feliz en su presencia: no importaba que atendiera escrupulosamente a todos sus deseos, no importaba cuánto me esforzara por complacerla, lo único que obtenía a cambio eran frases como las que acababa de pronunciar. Dichas delante de un extraño, sus acusaciones me desgarraron el corazón. En esa nueva vida a la que me condenaba, sus comentarios iban encaminados a despojarme de toda esperanza; supe, sin poder entender el porqué, que ella estaba sembrando la aversión y la desconfianza en mi camino. Delante del señor Brocklehurst, me había descrito como una criatura falsa e hipócrita, y ¿qué podía hacer yo para evitarlo?

«Nada», pensé mientras luchaba por no romper a llorar, tragándome las ardientes lágrimas que pugnaban por salir de mis ojos, prueba evidente de la impotencia que me embargaba.

—El engaño es un triste defecto en un niño —sentenció el señor Brocklehurst—. Va parejo a la hipocresía, y todos los mentirosos tienen reservado un lugar en ese lago de pez hirviente. No se preocupe, señora Reed: la vigilaremos de cerca. Yo mismo hablaré con la señorita Temple y con las demás profesoras.


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