Jane Eyre
Jane Eyre —No, señor.
—¿No? ¡Qué curioso! Conozco a un niño más pequeño que tú que ya se sabe de memoria seis salmos; y cuando le preguntas si prefiere comer un dulce de jengibre o aprenderse los versos de un nuevo salmo, él contesta sin dudarlo: «¡Los versos del salmo! Los ángeles cantan salmos y yo quiero ser un pequeño ángel aquà en la tierra». Asà obtiene dos dulces como respuesta a su piedad infantil.
—Los salmos me aburren —señalé.
—Eso prueba que tienes un corazón perverso. Debes rezar a Dios para que te lo cambie y te proporcione uno nuevo y puro: un corazón de carne en lugar de ese corazón de piedra que posees.
Estaba a punto de formular una pregunta acerca de cómo iba a realizarse la operación que cambiarÃa mi corazón cuando intervino la señora Reed y me ordenó que tomara asiento.
—Señor Brocklehurst, creo que en la carta que le escribà hace tres semanas ya le advertÃa de que esta niña carece del carácter y la disposición que yo desearÃa. Si la admitiera en la escuela Lowood, yo estarÃa encantada de que la supervisora y las demás maestras la vigilaran estrechamente y prestaran una especial atención al peor de sus defectos: la tendencia al engaño. Lo menciono en tu presencia, Jane, para que no creas que podrás fingir delante del señor Brocklehurst.