Jane Eyre
Jane Eyre —Yo no soy mentirosa. Si lo fuera, podrÃa decir que la quiero. En cambio, declaro que no solo no siento amor por usted, sino que la aborrezco más que a nadie en el mundo, con la sola excepción de su hijo John. Y en cuanto a este libro sobre niñas mentirosas, harÃa mejor en dárselo a Georgiana, ya que es ella la que miente y no yo.
Las manos de la señora Reed permanecieron inactivas y sus ojos de hielo continuaron perforando los mÃos.
—¿Has dicho cuanto tenÃas que decir? —preguntó, en el mismo tono que usarÃa para hablar con un adulto en lugar del que suele emplearse con los niños.
Su mirada y su voz despertaron en mà todos los sentimientos de antipatÃa. Seguà hablando mientras temblaba de la cabeza a los pies, incapaz de controlar mis impulsos.
—Estoy contenta de que no nos una parentesco alguno: no volveré a llamarla tÃa en lo que me quede de vida. Nunca vendré a verla cuando sea una mujer, y si alguien me pide mi opinión sobre usted y sobre cómo me trató, responderé que el simple recuerdo de su existencia me pone enferma, y que su conducta hacia mà fue mezquina y cruel.
—¿Cómo te atreves a decir eso, Jane Eyre?