Jane Eyre

Jane Eyre

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—¿Que cómo me atrevo, señora Reed? ¿Cómo me atrevo? Porque es la verdad. Usted cree que yo no tengo sentimientos, que puedo vivir sin una pizca de amor o de amabilidad, pero no puedo. Usted ignora el significado de la palabra piedad. Siempre recordaré que me empujó hacia el interior de la habitación roja (sí, me empujó con todas sus fuerzas y me encerró allí), desoyendo mis súplicas de compasión. Yo no paraba de gritar: «¡Tenga piedad! ¡Tenga piedad!». Y todo ese castigo simplemente porque su malvado hijo me pegó y me tiró al suelo sin ningún motivo. Esto es lo que explicaré a todos los que me pregunten. La gente cree que es usted una buena mujer, pero se equivocan: usted tiene mal corazón. ¡Usted es la mentirosa!

Al terminar mi discurso sentí que mi alma quedaba invadida por una intensa sensación de triunfo, una vigorosa bocanada de aire fresco, como si hubiera roto todas las barreras y me estuviera lanzando de cabeza hacia la ansiada libertad. La expresión de temor de la señora Reed confirmaba este sentimiento: la labor se le había escapado de las manos, y las manos no paraban de temblar mientras sus ojos parecían estar al borde de las lágrimas.

—Jane, te equivocas. ¿Se puede saber qué es lo que te sucede? ¿A qué vienen esos violentos temblores? ¿Quieres beber un vaso de agua?

—No, señora Reed.


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